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La historia de la Gran Torre

“Si la sociedad colocara la educación en el centro de su atención, las prisiones se volverían museos, los policías poetas, y los psiquiatras músicos”

Padres brillantes, maestros fascinantes. Dr. Augusto Cury9789875801035

No hace mucho tiempo, la humanidad se volvió tan caótica que los hombres tuvieron un gran concurso para saber cuál era la profesión más importante en la sociedad. Los organizadores del evento construyeron una enorme torre dentro de un inmenso estadio, con escalones de oro y piedras preciosas. La torre era muy hermosa.
Llamaron a la prensa mundial, televisión, periódicos, revistas y estaciones de radio para que hicieran la cobertura.
El mundo se conectó al evento. El estadio se llenó de gente de todas las clases sociales que quería ver de cerca la justa. Las reglas eran las siguientes: cada profesión estaba representada por un ilustre orador, quien debía subir rápidamente a un escalón de la torre y dar un discurso elocuente y convincente acerca de por qué su profesión era la más importante en las sociedades modernas. El orador debía quedarse en la torre hasta el final del concurso. El voto era mundial, a través de
Internet.
El concurso fue patrocinado por grandes compañías y países. La
clase profesional ganadora recibiría prestigio social, una gran cantidad de dinero y subsidios gubernamentales. Una vez establecidas las reglas, comenzó el evento. El mediador del concurso gritó: “¡El espacio está abierto!”
¿Sabe usted quién fue el primero en subir a la torre? ¿Los educadores? No, fue el representante de mi clase profesional, un psiquiatra.

Subió a la torre y gritó: “Las sociedades modernas se convertirán en fábricas de estrés. La depresión y la ansiedad son las enfermedades del siglo. La gente ha perdido su fascinación por la vida. Muchos se suicidan. La industria de los antidepresivos y tranquilizantes se ha vuelto la más importante del mundo”. Entonces, el orador hizo una pausa. La asombrada multitud escuchaba atentamente sus incisivos argumentos.

Concluyó, “La norma es estar estresado, y lo inusual es ser saludables. ¿Qué sería de la humanidad sin los psiquiatras? ¡Un hospicio de seres humanos sin calidad de vida alguna! Como vivimos en una sociedad enferma, declaro que nosotros somos, junto con los psicólogos clínicos, los profesionales más importantes de la sociedad…”

El estadio estaba totalmente en silencio. Muchas personas en la multitud se miraron a sí mismas y se dieron cuenta de que no eran felices, qué estaban estresadas, que dormían mal, que se despertaban cansadas y que tenían dolores de cabeza y la mente alterada. Millones de espectadores reprimieron sus voces. Los psiquiatras parecían ser invencibles.

En seguida, el mediador gritó: “¡El espacio está abierto!” ¿Adivine quién fue el siguiente? ¿Los maestros?. No, el representante judicial de los jueces y fiscales. Subió a un escalón más alto y en un gesto atrevido emitió las palabras que sacudieron a los oyentes. “¡Observen los índices de violencia! No dejan de crecer. Los secuestros, los asaltos y la violencia en el tráfico llenan las páginas de los periódicos. La agresividad en las escuelas, el abuso infantil y la discriminación racial y social son parte de nuestra rutina. Los hombres adoran sus derechos y desprecian sus obligaciones.”

Los oyentes asintieron con la cabeza, coincidiendo con sus argumentos. En seguida, el orador fue más incisivo. “El narcotráfico hace circular tanto dinero como el petróleo. No podemos destruir el crimen organizado. Si quieren sentirse seguros, enciérrense en sus casas, porque la libertad le pertenece a los criminales. Sin los jueces y fiscales, la sociedad se derrumbará. Por lo tanto, declaro, con el apoyo de la fuerza policial, que nosotros somos la clase profesional más importante de la sociedad.”
Todos se sofocaron con estas palabras, que perturbaron sus oídos y les quemaron el alma, pero al parecer eran incuestionables: otro momento de silencio, esta vez más prolongado.

Entonces el mediador, sudando frió, dijo: “¡El espacio está abierto otra vez!”
Otro intrépido representante subió a un escalón todavía más alto de la torre. ¿Sabe quién fue esta vez? ¿El de los educadores? No.
Era el representante de las fuerzas armadas, quien habló con una voz vibrante y sin tardanza: “Los hombres desprecian el valor de la vida.
Nos matamos mutuamente por muy poco. El terrorismo mata a miles de personas. La guerra comercial mata a millones con el hambre. La especie humana se ha desintegrado en docenas de tribus. Las naciones sólo son respetadas por su economía y por sus fuerzas armadas. Si quieren paz, tienen qué estar preparadas para la guerra. El poder político y militar, y no el diálogo, es el factor de equilibrio en un mundo incierto”.
Sus palabras impactaron a los oyentes, pero eran incuestionables. Entonces concluyó: “Sin las fuerzas armadas no habrá ninguna seguridad. El dormir sería una pesadilla. Por eso declaro, lo acepten o no, que los hombres de las fuerzas armadas no son solamente la clase profesional más importante, sino también la más poderosa”. Las almas de los oyentes se congelaron. Todos estaban atónitos.

Los argumentos de los tres oradores eran muy fuertes. La sociedad se había convertido en un caos. En todo el mundo, la gente estaba perpleja y no sabía que posición tomar: si aclamar a un orador o llorar por la crisis de la especie humana.
Nadie más se atrevió a subir a la torre. ¿Por quién votarían?

Cuando todos pensaron que el concurso había terminado, pudieron escuchar una conversación al pie de la torre. ¿Quiénes estaban conversando?
Esta vez eran los maestros. Había un grupo de maestros de preescolar, primaria, bachillerato y universidad. Estaban apoyados contra la torre y abrazaban a varios padres. Nadie sabía que hacían ahí.
La televisión los enfocó y los proyectó en una gran pantalla. El mediador les gritó que uno de ellos subiera a la torre. Ellos se negaron.
El mediador los acicateó: “Siempre hay cobardes en una disputa”.
Hubo risas en el estadio. La gente se burlaba de los padres y los maestros.
Cuando todo el mundo pensó que eran frágiles, los maestros, animados por los padres, comenzaron a debatir ideas desde donde estaban parados. Todos estaban representados.

Uno de los maestros, mirando hacia arriba, dijo al representante de la psiquiatría: “No queremos ser más importantes que ustedes. Sólo queremos ser capaces de educar las emociones de nuestros estudiantes, formar jóvenes libres y felices para que no se enfermen y no tengan que ser tratados por ustedes”. El representante de la psiquiatría recibió un golpe en el alma.

Entonces, otro maestro del lado derecho miró al representante judicial y dijo: “Nunca hemos tenido la pretensión de ser más importantes que los jueces y los fiscales. Sólo queremos ser capaces de fortalecer la inteligencia de nuestros jóvenes para que puedan amar el arte de pensar y aprender la grandeza de los derechos y obligaciones humanas y, así, nunca tengan que sentarse en el banquillo de los acusados”. Al representante judicial le temblaron los pies.
Otro maestro a la izquierda de la torre, aparentemente tímido, miró al representante de las fuerzas armadas y dijo poéticamente: “Los maestros del mundo no tienen deseo alguno de ser más importantes o más poderosos que los miembros de las fuerzas armadas. Sólo queremos ser importantes en los corazones de nuestros niños.
Queremos guiarlos para que entiendan que un ser humano no es sólo otro número en la multitud, sino un ser irremplazable, un actor único en el escenario de la existencia”.
Este maestro hizo una pausa, y añadió: “De esta forma, se enamorarán de la vida y cuando tengan el control de la sociedad, nunca necesitarán comenzar guerras, ni guerras físicas que derramen sangre ni guerras comerciales que quiten el pan. Porque creemos que el débil usa la fuerza, pero el fuerte usa el diálogo para resolver sus conflictos.
También creemos que la vida es la obra maestra de Dios, un espectáculo que nunca debería ser interrumpido por la violencia humana”.
Los padres se regocijaron con estas palabras, pero el representante judicial casi se cae de la torre.
Se podía escuchar un alfiler caer en la multitud. El mundo estaba perplejo. La gente no tenía idea de que los simples maestros, que vivían en el pequeño mundo del salón de clases, fueran tan sabios. El discurso del maestro sacudió a los líderes del evento.
Viendo que el éxito de la disputa estaba en riesgo, el mediador del evento dijo arrogantemente: “¡Soñadores! ¡Viven fuera de la realidad!”

Un maestro valiente y sensible gritó: “¡Si dejamos de soñar moriremos!”

Aquellos que todavía estaban en la torre aprovecharon el momento, y uno de los oradores quiso herirlos aún más: “¿A quién le importan los maestros hoy en día? Comparen sus salarios con los de otros profesionales. Vean si participan en las más importantes reuniones políticas. La prensa rara vez los menciona. A la sociedad le importan muy poco las escuelas. ¡Vean los salarios que reciben al final de cada mes!” Un maestro lo miró y dijo con seguridad: “No trabajamos sólo por un salario, sino por amor a tus hijos y a todos los jóvenes del mundo”.
Enojado, el líder del evento gritó: “Su profesión se extinguirá en la sociedad moderna. ¡Las computadoras los están sustituyendo! No merecen estar en este concurso”.
La multitud, manipulada, cambió de bando, condenó a los maestros. Exaltó la educación virtual. Gritó, al unísono:
“¡Computadoras! ¡Computadoras! ¡No más maestros!” El estadio repetía delirantemente esta frase. Enterraron a los profesores. Los maestros jamás habían sido tan humillados. Atónitos por estas palabras, decidieron abandonar la torre.

¿Y sabe qué sucedió?

La torre se vino abajo. Nadie lo imaginaba, pero la torre estaba sostenida por los maestros, con ayuda de los padres. La escena fue devastadora. Los oradores tuvieron que ser hospitalizados. Y los maestros tomaron otra decisión inimaginable: por primera vez, abandonaron los salones de clases.
Trataron de reemplazarlos con computadoras, dándole una máquina a cada estudiante. Utilizaron las mejores técnicas multimedia.

¿Y sabe qué ocurrió?

La sociedad se vino abajo. La injusticia y las miserias del alma aumentaron todavía más. El dolor y las lágrimas aumentaron. La cárcel de la depresión, el miedo y la ansiedad aprisionaron a una gran parte de la población. La violencia y el crimen se multiplicaron. La coexistencia humana, que ya era difícil, se hizo intolerable. La especie humana se quejaba de dolor; corría el riesgo de no sobrevivir.

Horrorizados, todos entendieron que las computadoras no podían enseñar sabiduría, solidaridad y amor por la vida. Nunca se les había ocurrido que los maestros eran la base de las profesiones y sostenían todo lo que es más lúcido e inteligente entre nosotros. Descubrieron que la pequeña luz que entraba en nuestra sociedad provenía de los corazones de los padres y maestros, que educaban y enseñaban arduamente a sus hijos.
Comprendieron que la sociedad vivía en una larga, nebulosa noche y que la ciencia, la política y el dinero no podían terminar con ella. Se dieron cuenta que la esperanza en un hermoso amanecer está en cada padre, madre y maestro, y no con los psiquiatras, los judiciales, los militares y la prensa… No importa si los padres viven en un palacio o en una choza, ni si los maestros dan sus clases en una escuela pobre o suntuosa, ellos son la esperanza del mundo.
De cara a esto, los políticos, los representantes de las clases profesionales y los hombres de negocios se reunieron con los maestros en cada pueblo de cada nación. Reconocieron que habían cometido un error contra la educación. Pidieron disculpas y rogaron a los maestros que no abandonaran a sus hijos.
Entonces hicieron una gran promesa. Afirmaron que la mitad del presupuesto gastado en armas, la fuerza policial y la industria de los antidepresivos y tranquilizantes se invertiría en la educación. Se rescataría la dignidad de los maestros, y prometieron crear las condiciones para que cada niño en la Tierra pudiera ser alimentado con comida para su cuerpo y con conocimiento para su alma. Ningún niño se quedaría sin escuela otra vez.
Los maestros lloraron. Se conmovieron por tal promesa. Durante siglos habían estado esperando que la sociedad tomara conciencia del drama que atraviesa la educación. Por desgracia, sólo abrió los ojos cuando la miseria social llegó a niveles intolerables.
Pero como siempre han trabajado como héroes anónimos y siempre han amado a cada niño, cada adolescente y cada joven, decidieron regresar a las aulas y enseñar a sus estudiantes a navegar a través de las aguas de la emoción.
Por primera vez, la sociedad colocó a la educación en el centro de su atención. La luz brilló de nuevo después de la larga tormenta.
Después de 10 años se vieron los resultados; después de 20 años, todos estaban asombrados.
Los jóvenes ya no renunciaron a la vida. Ya no hubo suicidios. El consumo de drogas se disipó. Ya casi no se oía nada acerca de la violencia. ¿Y de la discriminación? ¿Qué es eso? Nadie podía recordar ya de que se trataba la discriminación. Los blancos abrazaban con afecto a los negros. Los niños judíos se quedaban a dormir en las casas de los niños palestinos. El miedo desapareció.
Las prisiones se convirtieron en museos. Los policías se volvieron poetas. Los consultorios de los psiquiatras estaban vacíos. Los psiquiatras se volvieron escritores. Los jueces se volvieron músicos. Los abogados se volvieron filósofos. ¿Y los generales? Descubrieron el perfume de las flores, aprendieron a ensuciarse las manos para cultivarlas…
¿Y los periódicos y los canales de televisión del mundo? ¿Qué reportaron, qué vendieron? Ya no las lágrimas y la aflicción humana.
Vendieron sueños y anunciaron esperanzas…

 

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